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La Cocina de mi Vecina

noviembre 14, 2017 luis solis 0 Comments



¡Ah!,  ¡cuántas sorpresas y delicias nos depara este mundo y esta ciudad, Madrid, con tan solo dar unos pasos por sus calles, su historia y su cultura! 

Este breve post también es la historia de un bello reencuentro con las tartas, los cafés y los lugares con ese encanto de antaño, aquellos rinconcitos que aún no sucumben bajo el pie implacable de la cocina industrial.

Fue una tarde de este extraño mes de noviembre, mes que nos regala días de sol y de agradables paseos al atardecer por Malasaña, barrio ya no de moda, pero sí de mucha movida. Fue aquella tarde de un día del cual no me acuerdo (sí, parafraseando al poeta César Vallejo), cuando me reencontré con el sabor de LA COCINA DE MI VECINA. ¡Madre mía!, dije en sonoro alarido. Topé de casualidad, nadie me lo recomendó. Ahí estaba ella, dispuesta a acogerme en la C/ Corredera Alta de San Pablo 15.

Foto: The Thinking Makes

Y es que hace años me peleé con la repostería. En verdad, me peleé con los dulces industriales, con los escasos conocimientos culinarios de los vendedores, de esa supina ignorancia entre no reconocer una "tarta de queso al horno" y una triste "tarta de queso de gelantina". ¡Que son distintas!


No es un lugar con pretensiones, con vajilla de lujo o decoración muy chic, cuqui dirían otros. Antes bien, lo monástico de la decoración da paso al verdadero placer que significa degustar sus tartas de chocolate, leche, zanahoria... y sus jugos muy saludables!! Sí, aquí la buena repostería, la casera, aquella de tartas con alma y sabor es la protagonista.


Llegué por azar, por esos movimientos de la vida en el que no tienes ningún plan y, de repente, descubres una tarta "tres leches" como las que hacía tu abuela o tu madre. Sí, admito cierto patetismo en mis palabras, tal vez empujado por la emoción de haberme comido una estupenda tarta de zanahoria bañada en queso crema y no embadurnada con la plástica nata montada. Me senté, a pesar de hallar un minúsculo hueco. Me resigné a estar arriconado -porque clientes tiene y muchos- e hice mío el instante, arropado en el anonimato. De añadidura, tomé un café que fue endulzado con un poco de miel.


Y ahí termino, porque mis halagos ya suenan a promoción gratuita y exagerada, cuando no pretende serlo. Me voy no sin antes dejarles con la prueba del delito, testimonio de que estuve ahí, probé y pequé.  Pagué 3.60 por ese trozo. No me sentí engañado; antes bien, sentí que pagué poco (y dejé propina). He vuelto otras veces y seguiré yendo otras tantas, hasta que algo cambie u ocurra el milagro de lo imperecedero. Para la próxima, espero invitarlos a un café... La tarta la invitan ustedes.



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